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Una mano que levanta a las mujeres oprimidas de la India

Ahmedabad, India. Treinta y cinco años atrás, en esta otrora próspera ciudad textil, Ela Bhatt luchaba por mejores salarios para las mujeres que transportaban rollos de tela sobre sus cabezas. Tiempo después, creaba el primer banco de mujeres de la India.

20 de marzo de 2009

Extractos de un artículo de Somini Segupta, publicado el 6 de marzo de 2009 en el “International Herald Tribune”

Desde entonces, su Asociación de Mujeres Cuentapropistas, SEWA, ha ofrecido: cuentas de retiro y seguros de salud a mujeres que nunca antes accedieron a los servicios de seguridad social, créditos para capital de trabajo a empresarias que abrían sus salones de belleza en los barrios pobres, ayuda a artesanas para comercializar sus productos en las grandes tiendas de las nuevas zonas urbanas y capacitación a sus socias para convertirse en empleadas de estaciones de gasolina (un empleo osado para mujeres originarias de las castas más bajas).

Pequeña, de voz dulce y habitualmente ataviada con un sari de algodón hilado a mano, como los de las abuelas, Bhatt, de 76 años, es una ghandiana pragmática de la nueva India.

Es crítica de algunos aspectos del proceso de reformas de mercado adoptado por la India. Pero también quiere ver a los trabajadores más pobres de la India inmersos en el juego de una economía nacional ampliada y aceleradamente globalizada. Ha construido un imperio formidable de empresas administradas por mujeres -100, según la última cuenta-, unas dedicadas a prestar servicios de guardería a madres trabajadoras, otras a vender semillas de sésamo a empresas procesadoras de alimentos, pero todas inspiradas por el ideal de auto-suficiencia de Gandhi y, al mismo tiempo, atendiendo las ambiciones modernas.

Hojalateras o productoras de pickles, bordadoras o vendedoras de cebollas, las socias de Sewa en general trabajan dentro del sector informal. No cobran sus salarios con cheques, ni tienen licencias por enfermedad o vacaciones. (…) Sin Sewa, ellas se verían en aprietos para acceder a servicios de salud o al crédito.

Con 500.000 socias sólo en el occidental estado de Gujarat, el imperio Sewa incluye también dos empresas con fines de lucro, que comercializan en una cadena de lujosas tiendas por departamentos las prendas bordadas y de punto elaboradas por las mujeres. Más de 100.000 mujeres están registradas en sus planes de salud y de seguros de vida. Su banco cuenta con más de 350.000 depositantes y una elevadísima tasa de recuperación de los créditos que llega al 97%. Los préstamos oscilan entre los 100 y los 1.100 dólares, con una exigente tasa de interés de un 15%. “No tenemos problemas de liquidez” remarca satisfecha su gerenta Jayshree Vyas. “Las mujeres ahorran”.

En una mañana cualquiera, Behrampura es un bullicio de trabajo y actividad febril. Los hombres desarman viejos aparatos de televisión y rellenan nuevos sofás. Una mujer empuja un carro de mano repleto de maletines usados. Otra arrea una media docena de burros cargados de escombros de la construcción.
(…) El enfoque gandhiano de Bhatt queda evidenciado en su modo de vida. Su vivienda de una sola planta y dos habitaciones, es pequeña y austera. La única señal de extravagancia es una hamaca blanca que cuelga en el medio de la sala de estar. Usa su cama como silla de escritorio. Su nieto ha pintado una imagen pastoral del Niño en la pared del dormitorio. Ella es conocida por no tener lujos.

“Sobre todo se debe enfatizar su sencillez”, dijo Anil Gupta, un profesor del Instituto de Administración de la India, que ha dado seguimiento al trabajo de Sewa por más de una década, con visiones críticas en más de una oportunidad. “En su vida personal no hay lugar para el más mínimo rastro de hipocresía”.

No hace mucho, Bhatt preguntó a las socias de Sewa sobre lo que significaba la libertad para ellas. Algunas contestaron que era la posibilidad de salir de su casa. Otras dijeron que era tener una puerta en el baño. Algunas dijeron que era contar con su propio dinero, con un teléfono móvil o con “ropa fresca todos los días”.

Entonces Bhatt escogió su respuesta favorita. Libertad, dijo una mujer, es “mirar a los ojos a un policía”.

Fuente: http://www.nytimes.com/2009/03/07/world/asia/07bhatt.html?_r=1&scp=3&sq=SEWA&st=cse

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